BBVA tenía un problema que muchas empresas conocen de cerca: los empleados ya usaban ChatGPT, Claude o Gemini por su cuenta. Un informe del MIT Media Lab apuntaba a que el 90% de los profesionales encuestados usaba IA en el trabajo, pero solo el 40% de las empresas tenía licencia oficial. Ese uso no controlado —la «IA en la sombra»— arrastra riesgos de fuga de datos en un banco regulado.1
En 2024, BBVA firmó un acuerdo con OpenAI y desplegó ChatGPT Enterprise en una nube exclusiva. Empezó con unos 3.000 empleados y, dos años después, el acceso llega a cerca de 100.000 personas en todo el grupo. El banco formó a 250 líderes (incluido el comité ejecutivo), creó una red de «campeones» y «magos» de IA, y dejó que los propios equipos construyeran GPT internos: más de 20.000, de los que unos 4.000 se usan con frecuencia.2
Los resultados públicos son concretos: más del 70% de uso activo entre quienes tienen acceso; unas 3 horas ahorradas por empleado y semana; hasta un 80% de mejora de eficiencia en flujos seleccionados (en Perú, un asistente interno bajó el tiempo medio de consulta de unos 7,5 minutos a cerca de 1 minuto). En riesgo crediticio, legal y experiencia de cliente, los GPT internos concentran el trabajo rutinario para que el experto se centre en el juicio.2
Si tu organización está valorando adoptar IA generativa, el patrón reproducible no es «comprar licencias y esperar». Es: cerrar la puerta a la sombra con acceso oficial seguro; capacitar primero a la cúpula; descentralizar la innovación con personas que conocen el proceso; y mantener al humano al mando (la IA no escribe sola en sistemas críticos sin validación).
Fuentes de referencia
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